Escucha tu sed, buscador inquieto

La vocación franciscana es una respuesta a una sed profunda. San Francisco durante su juventud es un extraordinario «sediento»: tiene sed de amor, de gloria y fama, de belleza… Tiene sed de ser reconocido y alabado.

Inicialmente, sin embargo, se deja llevar por estos deseos de manera superficial y emocional. En este período de la vida, en todas partes y para todos, en cada uno de sus gestos o palabras, después de todo, parece decir con seducción: «¡ámame!»

“¡Cuando eres joven, siempre tienes sed!

La sed revela un vacío que llenar:

Sed de una vida extraordinaria, no mediocre…

Sed de salud, de éxito,

Sed de ser amado y sed de amor…

Es una sed… que hay que saciar”

Más tarde, a medida que fue creciendo y madurando (también a través del sufrimiento y la decepción de los caminos recorridos hasta entonces), sintió que debía ir más a lo esencial. Tiene sed de plenitud, de felicidad auténtica y duradera. Francisco entonces cambia! En lugar de perseguir satisfacciones efímeras y fugaces, ahora busca la alegría y la felicidad «verdadera y para siempre». Entiende que sólo Dios satisface y apaga la sed de esta manera. Luego se sumerge en la bondad y la belleza del Señor. Pasa así del Dios de los «Domingos de Misa», de un Dios formal y distante, al Dios de su vida. San Francisco experimenta un Dios Vivo, Amante y para ser amado; un Dios cuyo amor no es virtual, sino que toca y transforma y llena y satisface y calienta.

Todos tenemos -y los jóvenes del siglo XXI en particular- sed de sentido, de amor, de serenidad. En este sentido, todos somos buscadores inquietos que se agitan hasta encontrar un corazón donde detenerse y descansar. La sed siempre provoca una búsqueda y un dinamismo interior, siempre suscita preguntas que estremecen y ponen en marcha: ¿Dónde encontrar refrigerio? ¿Con quién? ¿Cómo? Dios nos ofrece su amor para colmar nuestros anhelos más profundos y devolvernos la confianza y la esperanza.

¿Tienes sed? ¡Déjate alcanzar y tocar por el amor de Dios! En él, «agua viva», como san Francisco y tantos otros en la historia, puedes encontrar la verdadera alegría y la paz y así dar plenitud a tu vida.

Al Señor Jesús siempre nuestra alabanza.

fray Alberto (OFMConv) 

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