A veces este dilema aparece una y otra vez en los procesos vocacionales de los jóvenes. Mientras más se acerca una decisión importante, una de esas que orientan toda la vida, más aparece el miedo a «cerrar para siempre» algunas posibilidades y a perder la propia libertad.
No es un tema menor, porque toca una de las preguntas más profundas de nuestra existencia: la libertad. Es completamente comprensible que, cuando se acerca una decisión adulta, uno empiece a imaginar lo que implica elegir un determinado estado de vida (casarse, entrar al seminario o iniciar una vida religiosa…) y, sobre todo, piense en las cosas a las que tendrá que renunciar para vivir esa vocación.
Entonces comienzan a aparecer pensamientos como: «Si entro al convento, ya no voy a ser libre para…». Y hay algo de verdad en eso: todo «sí» implica también muchos otros «no».
Pero, ¿de verdad la vocación se reduce a un camino de renuncias? Y, sobre todo, ¿qué entendemos por libertad?Porque, si no tenemos claro eso, es muy fácil caer en estos pensamientos que terminan paralizándonos y nos impiden dar un paso adelante.
¿De qué libertad estamos hablando?
A veces tenemos una idea muy simple de la libertad: pensar que ser libre es hacer lo que uno quiere, poder elegir y decidir por sí mismo. Y, claro, eso es muy importante. Cuando vemos que en distintas partes del mundo hay personas cuya libertad es limitada o pisoteada, nos duele y sentimos que es un deber romper esas cadenas injustas (cf. Is 58,6).
Pero sabemos que la libertad no solo puede verse amenazada por factores externos —como las amenazas, los chantajes, las dictaduras o distintas formas de presión—, sino también por lo que llevamos dentro de nosotros mismos.
Escuchemos lo que dice san Pablo (Gálatas 5,1.13):
«Cristo nos liberó para que vivamos en libertad. Manténganse firmes y no se dejen someter nuevamente al yugo de la esclavitud. Ustedes, hermanos, han sido llamados a la libertad; pero no usen esa libertad como pretexto para vivir según los deseos egoístas. Al contrario, sírvanse unos a otros por amor.»
Libres para amar
Las palabras del apóstol Pablo nos llenan de esperanza: ¡Cristo es quien nos hace verdaderamente libres! Con Él podemos vivir como personas liberadas.
Pero hay que tener cuidado de no usar la palabra «libertad» como una excusa para hacer siempre lo que nos acomoda, para alimentar nuestros egoísmos o para quedarnos encerrados en nuestra zona de confort.
Porque, lamentablemente, eso también puede pasar. Hay apegos que no nos hacen bien y resistencias al bien que nos impiden responder al llamado de Cristo, que es ponernos al servicio de los demás.
Entonces entendemos que la libertad es mucho más que poder hacer lo que quiero. La verdadera libertad es tener la capacidad de amar, de ayudar y de servir. Es no vivir preocupado solo de mi propio bienestar, sino aprender a entregar mi tiempo, mis capacidades y mi vida para el bien de los demás.
San Francisco de Asís supo despojarse de todo para ser completamente libre y poder amar a cada criatura. El gran poeta franciscano Jacopone da Todi, que pasó de una vida llena de riquezas y vanidades a seguir el ideal del Pobrecillo de Asís, escribió:
«La pobreza es no tener nada y no desear poseer nada; y, al mismo tiempo, poseerlo todo en el espíritu de la libertad.» (Lauda LX)
Esta frase resume muy bien la intuición franciscana: quien no está esclavizado por las cosas, por el dinero o por sí mismo, es verdaderamente libre para amar.
La verdadera ganancia
Las palabras de Jacopone expresan muy bien el espíritu de san Francisco. Su vida no fue una cadena de renuncias por una especie de «masoquismo espiritual». ¡Para nada! Lo que hizo fue dejar algunas cosas, que eran buenas y valiosas, para ganar otras mucho más grandes. En definitiva, renunció a algo bueno para recibir algo mejor.
Quisiera animar especialmente a los jóvenes que están haciendo un camino de discernimiento vocacional: no tengan miedo de seguir los mejores deseos que hay en su corazón, esos sueños grandes que el Señor ha despertado en ustedes y que, quizás de manera silenciosa, pero constante, los atraen hacia una vida vivida con sentido, una vida entregada por el bien de los demás.
Dios nunca pide algo sin regalar mucho más. Recordemos lo que Jesús respondió a san Pedro:
«Pedro comenzó a decirle: “Mira, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Jesús respondió: “Les aseguro que no hay nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o campos por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más: casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y campos, junto con persecuciones; y en el mundo futuro, la vida eterna. Muchos de los primeros serán los últimos, y los últimos serán los primeros”». (Mc 10,28-31)
La vocación no consiste en perder, sino en ganar una vida más plena. Lo que parece una renuncia termina convirtiéndose en una inmensa riqueza.
Un mundo que no siempre nos ayuda
Alguien podría decir: «Pero hoy no es fácil tomar una decisión tan exigente». Y es verdad. Siempre ha sido difícil decidir el rumbo de la propia vida, pero da la impresión de que la cultura en la que vivimos hoy hace este paso todavía más complejo.
Basta pensar en la publicidad o en muchos mensajes que recibimos todos los días: «No renuncies a nada», «Puedes tenerlo todo», «Haz todo lo que quieras», «Sigue tus deseos sin límites».
Más allá de los productos que se quieran vender, detrás de estos mensajes se va formando una manera de pensar: creer que poner un límite, elegir un camino o renunciar a alguna posibilidad significa perder algo esencial. Y eso genera mucha ansiedad, porque pareciera que cualquier decisión importante nos cierra para siempre otras opciones.
Sin embargo, la realidad es otra: toda elección auténtica implica renuncias, pero precisamente esas renuncias son las que hacen posible una vida con dirección, profundidad y plenitud. Quien quiere mantener abiertas todas las puertas, al final corre el riesgo de no cruzar ninguna.
¡Vale la pena!
Quiero terminar con un ejemplo muy sencillo que escuché hace algún tiempo. Un joven sacerdote contaba que, cuando estaba decidiendo si entrar o no al seminario, quien lo ayudó a dar el paso fue… ¡un cartel publicitario!
El aviso decía algo como: «Eres libre de elegir, elige lo mejor». Esa frase lo hizo pensar que, para él, lo mejor era confiar en el Señor y en el camino de discernimiento que había recorrido durante el año anterior. Hoy sigue agradeciendo la decisión que tomó.
Porque seguir la vocación, responder al llamado de Dios, no nos quita la libertad; al contrario, nos la regala. Acoger su llamado no nos limita ni nos hace menos libres; nos libera. Nos abre a posibilidades de bien y de felicidad que muchas veces ni siquiera imaginábamos.
Por eso, ¡ánimo! No tengan miedo de responder al Señor con generosidad, porque «la esperanza no defrauda» (Rm 5,5).
Si quieres saber mas sobre la vocación escríbenos (franciscanos.cl@gmail.com)