¿Cómo puedo concentrarme para entrar en oración?

Una de las preguntas que a menudo nos han hecho los jóvenes es: “¿Pero ¿cómo puedo entrar en oración? ¿Cómo puedo concentrarme?”. Aquí tratamos de darnos algunas sugerencias para que el tiempo de oración se viva en plenitud.

Me gusta subrayar dos aspectos que nos pueden ayudar a desprendernos de las «pretensiones» que tenemos sobre la oración, para entrar más libres y ligeros en este espacio y en este tiempo que nos es dado.

La primera es vivir la oración como un espacio de gratuidad, un espacio de relación: cuando entro en oración es necesario dejar de lado la pretensión de tener necesariamente una intuición, un consuelo, un fruto, ya que es un espacio libre en que gozar de una Presencia, de una Empresa.

El segundo es la oración como espacio de pasividad: un espacio en el que no tengo que hacer nada, no tengo que comprometerme, no tengo que obligarme, pero es más bien exponerme a una Presencia para avivar y hacer surgir la Palabra que ya está en mí.

Con esta mirada, la oración es dejarse hacer por Dios, no es pensar sino experimentar una Presencia, no es hablar a Dios sino escuchar a Dios, no es estar con Él sino ser en él, no es un complemento de compañerismo, sino de unión.

Ok, pero ¿cómo me meto en la oración?

Entro en oración con todo mi ser, nada dejo atrás, nada afuera, todo lo llevo a la Presencia de Dios y lo oriento a Él. Toda mi mente:

Llevo conmigo mi cuerpo, las tensiones que siento, los latidos, los nudos, etc. Mi cuerpo es un instrumento de oración, este es un matiz típicamente franciscano, San Francisco amaba vivir en el cuerpo la relación con su Señor y oraba con el cuerpo. Mi cuerpo es el lugar de encuentro con Dios.

También llevo el corazón, los afectos, los sentimientos, las emociones, lo que se mueve dentro de mí; la alegría de algo hermoso vivido durante el día, el resentimiento de una relación, la paz, etc.

Llevo el espíritu, los anhelos más profundos, el deseo de algo más que me habita, la necesidad de amar y ser amado, de sentir la presencia de Dios caminando a mi lado.

Llevo la mente, los pensamientos que me habitan y que pueden referirse al pasado (memoria), al presente (palabras, imágenes, ideas…) y al futuro (planes y proyectos).

De hecho, San Francisco escribió a sus frailes:

“Todos amamos con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con toda la capacidad y fortaleza, con toda la inteligencia, con toda la fuerza, con toda la ilusión, con todo el cariño, con todos los sentimientos más profundos, todos los deseos y la voluntad el Señor Dios, que a todos nos ha dado y da todo el cuerpo, toda el alma y toda la vida; quien nos creó, nos redimió y nos salvará sólo por su misericordia”

(Regola non bollata XXIII, FF 69).

4 pasos para entrar en oración de esta manera

Tratemos de rastrear 4 pasos para entrar en oración:

  1. Elijo un espacio para orar y encuentro una posición cómoda que me ayude a permanecer quieto y concentrado.
  2. Escucho la respiración que me ayuda a quedarme en el aquí y ahora, en el presente, el único tiempo en el que puedo encontrarme con Dios y experimentarlo. La respiración me ayuda aun cuando llegan las distracciones, no resisto, no lucho contra ellas, pero les doy la bienvenida y los dejo ir.
  3. Me dejo mirar, me expongo a Su presencia, para declarar a Dios mi deseo de estar con Él. A partir de ese momento le dejo la iniciativa a Él.
  4. Si me puede ayudar, encuentro una Palabra para repetir, que me ayuda a ponerme ahí delante de Jesús, con todo lo que soy. Por ejemplo, parafraseando el Salmo 46: “¡Detente! Sabed que yo soy Dios”.

Trato de seguir el ritmo de estos dos movimientos encerrados en una sola frase: detener, calmar el frenesí de la vida, tratar de detener tu corazón, los pensamientos, el torbellino de la mente, los sentimientos, las preocupaciones. Intento detenerme, para saber quién es Él; conocer, reconocer que sólo él es Dios.

Estos pasos te pueden ayudar a entrar en oración, pero si vienen distracciones las primeras veces, no te preocupes, la vida espiritual, como la física, necesita entrenamiento, probar y volver a intentar.

¡Qué buen tiempo de gratuidad junto al Señor!

Hermana Carmen (Hermanas Franciscanas de los Pobres)

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