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¿Cómo puedo saber cuál es mi camino?
«¿Cómo podemos conocer el camino?»
«¿Cómo puedo saber cuál es mi camino?»
Muchas veces escucho estas preguntas de jóvenes que están en búsqueda vocacional. El Señor Jesús tiene una respuesta para nosotros en tres palabras que son realmente inmensas.
Hoy me encontré con un pasaje del evangelio de Juan (Jn 14,1-12), y sus palabras me impactaron profundamente. El apóstol Tomás le pregunta a Jesús: «¿Cómo podemos conocer el camino?»
¿Cómo podemos conocer el camino?
(Jn 14,5)
Es una pregunta que toca a todo joven que se enfrenta a la vida adulta, que se cuestiona sobre el sentido y la dirección que quiere darle a su existencia y, sobre todo, que se pregunta cómo encontrar su “lugar”, cómo realizar su llamado y responder a su vocación delante de Dios.
La respuesta del Señor se resume en tres palabras inmensas, que ninguna explicación podría agotar:
“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.”
Tres palabras que se convierten en flechas en nuestro “peregrinaje”: seguirlas significa llegar a la meta, significa no perderse.

Yo soy el Camino
Yo, el Señor Jesús, soy el camino, el mapa para que no te pierdas, para que llegues a casa (a tu casa, a tu “lugar”). Soy el camino para llegar a Dios y a lo más verdadero y auténtico que hay en tu corazón; soy el camino para un encuentro auténtico con los demás. Un camino donde no hay muros, trampas o engaños, sino horizontes abiertos, paisajes infinitos de bondad y belleza. Yo soy el camino que no se desvía, que no te hace perder, que no te lleva a callejones sin salida ni a caer en abismos, sino que conduce hacia una meta de plenitud y comunión para ti, para el mundo, para la humanidad.
“Si quieres ser mi discípulo”, nos dice Jesús, “sígueme, ven detrás de mí, pon tus pasos donde yo he puesto los míos…”. Claro, es un camino estrecho, cuesta arriba, que también pasa por la cima del Gólgota, donde está la cruz, y que pide entregarse, amar sin medida y con gratuidad, sin esperar nada a cambio. “Si alguien quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga” (Lc 9, 18-24). Es un camino audaz y apasionante… ¡No tengas miedo, confía en Jesús!
Yo soy la Verdad
¡Hoy todos te lanzan su verdad como si fuera absoluta! Y estamos cada vez más confundidos y desorientados por esta pluralidad de opciones y puntos de vista. Así sucede que el bien y el mal se confunden, la justicia y la injusticia se equiparan, lo divino y lo diabólico se mezclan, y la perversión, la virtud, el pecado o la gracia parecen palabras vacías. Lo que importa, al parecer, es solo lo que siente cada individuo, la emoción del momento, el “me gusta” que define todo, sin que importe hacerse preguntas sobre qué es realmente “el bien”, lo justo, lo bello, lo bueno, lo eterno o lo santo.
Pero, ¿dónde está “la verdad”? ¿Existe o no “una” verdad? Jesús viene a decirnos: “Yo” soy “la Verdad”. No está en una emoción, ni en una doctrina, ni en un libro, ni en una ley mejor que otras. La verdad está en un “Yo”, en Jesús, quien ha venido a mostrarnos el verdadero rostro del hombre y el rostro de amor del Padre.
“La verdad son ojos y manos que arden” (Ch. Bobin). Así es Jesús: enciende ojos y manos. Su vida se mueve libre, majestuosa y amorosa entre las criaturas.
“El cristianismo no es un sistema de pensamiento o de ritos, sino una historia y una vida” (F. Mauriac). El cristianismo es un encuentro, una relación.
¿Quieres conocer la verdad sobre el hombre y también sobre ti mismo?
¿Quieres saber quién es el hombre verdadero, aquel que ha alcanzado la plenitud, que vive su humanidad de manera más auténtica? Mira a Jesús, imítalo, repite sus gestos, renueva sus sentimientos, vuelve a decir sus palabras, coloca tu corazón junto al suyo. Solo Jesús te muestra quién puedes ser realmente, ¡sin engañarte!
¿Quieres saber la verdad sobre Dios?
Ese Dios que, en el fondo, todos buscan (a menudo por caminos muy extraños), se ha revelado plenamente en un hombre, en las acciones y palabras de un hombre, en ese cuerpo humano de Jesús, frágil y débil, marcado por las señales de la pasión y la muerte, en Jesús resucitado y vivo. Es una verdad exigente y liberadora…: ¡no tengas miedo, confía en Jesús!
Yo soy la Vida
¿Qué tienes que ver con mi vida, Jesús? La respuesta que Él nos da es incluso abrumadora, hasta desconcertante: ¡Yo doy vida! En Jesús encontramos una vida plena, luminosa, cargada de sentido. Mi vida se explica desde la vida de Dios. En mi existencia, decir que hay “más Dios” equivale a decir que hay “más yo” (y no a un empobrecimiento o disminución de mi ser, como algunos filósofos han sostenido).
¡Yo doy vida!
(Jesús)

Cuanto más Evangelio entra en mi vida, más vivo estoy: en el corazón, en la mente, en el cuerpo. Y esta plenitud de vida que el Señor me ofrece se opone al impulso de muerte, a la destructividad, al autodaño que tantas veces alimentamos dentro de nosotros con nuestros miedos, nuestro individualismo y nuestra pretensión de autosuficiencia, que son madre de la esterilidad, la tristeza y el sinsentido que oscurecen el corazón de tantas personas hoy.
La vida que Jesús nos muestra y nos ofrece en Él nunca es mediocre ni banal, aunque siempre exigente y fuerte. ¡Es una vida plena…: no tengas miedo, confía en Jesús!
Entonces, querido amigo en búsqueda vocacional, si miras a Jesús, si observas cómo vive, cómo ama, cómo acoge, cómo muere, entonces comprenderás quién es Dios, pero también entenderás quién eres tú. Y en ese momento, el corazón se expande y la vida florece.
Rezo por ti y te animo a seguirlo: ¡vale la pena!
A Él siempre sea nuestra alabanza.
fray Alberto
(Articulo libremente extraído del Blog Vocación Franciscana)




