¿Qué estrella seguimos?

Hermanos, hoy celebramos la fiesta de la Epifanía, palabra griega que significa manifestación. Es la manifestación del nacimiento del Hijo de Dios a los magos de oriente, donde nos encontramos representados cada uno de nosotros. La gran verdad del cristianismo que profesamos, la creencia en un Dios que ya no es lejano ni escondido, la creencia en un Dios que no es una idea abstracta desencarnada de nuestra realidad, el gran acontecimiento que nos diferencia del resto de religiones donde el abismo que separa la divinidad y la humanidad es terriblemente inmenso, y con un Dios con rostro humano en Jesucristo ha sido abolida, hoy esta verdad, este maravilloso acontecimiento, se manifiesta a todos los pueblos como luz en medio de las tinieblas en la figura de estos magos que vienen del mundo pagano, de un mundo completamente ajeno a las tradiciones y promesas del pueblo judío.

¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Es la pregunta que le hacen a Herodes, pregunta existencial, interrogante que da sentido a una búsqueda esencial y vital, pregunta que todos nosotros que nos llamamos cristianos deberíamos hacernos. En el camino que realizan estos personajes tras la estrella que los llevará a adorar al Mesías, está representado el camino de todo ser humano. En el Medio Evo una de las formas de llamar al hombre era homo viator, expresión latina que significa hombre en movimiento, expresión que encierra el hecho de que toda persona se encuentra en un constante peregrinar buscando sentido a su vida, encontrando su realización y tras la consecución de la felicidad y el amor.

 Los magos se ponen en movimiento, emprenden un viaje guiado por una estrella que los llevará a contemplar al Dios hecho hombre. En nuestros días se nos presenta numerosas estrellas que nos indican falsos caminos de felicidad, que nos muestran maneras equivocadas de alcanzar y vivir el amor, en una sociedad caracterizada por el egoísmo, la indiferencia, el individualismo que nos cierra los ojos al dolor y el sufrimiento del otro, quedando encerrado en mis problemas y dificultades, una sociedad que promueve la cultura de la muerte y un amor fugaz basado en la posesión y el placer, características que van en contra del mensaje evangélico de donación y amor pleno entre todos. 

Hoy deberíamos preguntarnos que estrella seguimos, que es lo que nos motiva a seguir viviendo, que es lo que nos mueve a amar de verdad. Como los magos deberíamos hacernos la misma pregunta: ¿dónde está el rey de los judíos que ha nacido? ¿Dónde encuentro el rostro de Dios en mi vida cotidiana? El cristianismo no es una religión estática, ni mucho menos cómoda y que no interpela. El mensaje que la Palabra de Dios nos regala en esta jornada, es una invitación a ponernos en constante búsqueda del Señor que sale a nuestro encuentro. No basta con venir a Misa, rezar en la Iglesia y quedarnos en una escucha sin poner en obras lo que creemos. Lo celebrado y orado en el templo debe hacerse vida en nuestras familias, escuelas y trabajos, en nuestra cotidianidad. Nosotros que recibimos el grandioso mensaje de amor de la Navidad, debemos ser portadores de esa inmensa alegría que mueve los corazones hacia el amor verdadero y no superficial, debemos llevar la luz en medio de la tinieblas, encarnar con nuestro obrar el mensaje de Cristo, sabiendo que podemos encontrar en este camino a muchos Herodes, o nosotros mismos convertirnos en este hombre sordo a las profecías de su pueblo debido a que era esclavo del poder, que no quieren escuchar, y terminan dando muerte al que es el Amor. 

Otro aspecto que deseo rescatar de la lectura de este Evangelio es el de los tres regalos que los magos ofrecen al Niño Dios: oro, incienso y mirra. Seguramente, que sabemos el significado de los mismos. El oro la realeza, el incienso la divinidad y la mirra su humanidad mortal. Pero Dios también desea que nosotros ofrezcamos lo poco que tenemos a Él y a nuestro prójimo. El Señor desea que rompamos esa relación interesada que muchas veces tenemos con su persona o con nuestros hermanos, que rompamos esa oración que siempre se centra en el pedir o en el recurrir a Dios solo cuando nos encontramos en dificultades, o necesitamos de su ayuda. Hoy se nos pide que nosotros al igual que los magos nos postremos a adorar a Jesús en nuestras vidas y le donemos lo que hemos recibido como regalo de nuestro Creador. Ofrezcamos nuestro cofre de oro, todo aquello material que tengamos y compartamos con los que nada tienen. Démosle el incienso, nuestra oración que sostiene mi vida, busquemos esos espacios para hablar con Él y escucharlo, pongamos en su presencia no solo nuestras necesidades, sino la de nuestras familias, la de los más alejados de su presencia, la de nuestros amigos y también de aquellos que no piensan y actúan igual que yo. Y finalmente, pongamos a sus pies nuestra humanidad, toda nuestra debilidad, las fragilidades, nuestro pecado, ofrezcamos todo nuestro ser con sus luces y sombras, entreguemos en sus manos divinas de hombre todo lo que me enorgullece y lo que me avergüenza. Él, el Dios encarnado que se humilló por nuestra causa, que rechazó todo el poder y la gloria propia de ser el Todopoderoso, y asumió nuestra condición humana y mortal, y por lo tanto no se avergüenza de nuestra pequeñez y fragilidad porque la conoce, se encargará de acoger nuestra pobre ofrenda, de sanar nuestras heridas y de convertir nuestras sombras en luz que alumbre a todos los que comparten este peregrinar que es mi vida. 

Fray Héctor Corbal (OFMconv)

Delegación de Cuba

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