¡Feliz Navidad!

¡Feliz Navidad!

                   En el día de Navidad se proclama el prólogo del Evangelio de Juan. Es un texto solemne, bello e intenso con el cual pareciera que Juan quisiera resumir toda su intensa experiencia con Jesús en una sola página. El prólogo quiere recordar a cada uno de nosotros que Cristo se hizo carne de nuestra carne, sangre de nuestra sangre.

                   Uno de los temas centrales es el de la LUZ y de las TINIEBLAS, que tiene una importancia considerable para la vida del cristiano.

                   En el Prólogo se dice: “En el Verbo estaba la vida y la vida era la luz de los hombres; la luz brilla en las tinieblas, pero las tinieblas no la han recibido. Llegó al mundo la luz verdadera, la que ilumina a todo hombre”.

                   La Palabra de Dios viene al mundo como Luz: el mundo siempre necesita de esta luz, porque está envuelto en tinieblas. Por el mundo nos referimos a la humanidad y la luz de la que hablamos es la Luz que debe iluminar profundamente la inteligencia, el corazón, la conciencia de los hombres: es la Luz de la Vida, la Luz que es la Vida.

                   Cuánta oscuridad, confusión, tristeza, desesperación, cuántos miedos, desengaños, traiciones se apoderan del ser humano; todo esto lo podemos resumir en una sola palabra: oscuridad. ¡Cuántas personas andan a tientas y se agitan en el sufrimiento, la angustia, el dolor, …en la oscuridad!

Si la luz verdadera es acogida, tiene el poder de cambiar el corazón, hacerlo puro y transparente, pobre y vacío, para convertirlo en “acogida” como el de María, que supo llevar en sí al Hijo de Dios. La verdadera Luz es precisamente la Palabra de Dios que vino entre los hombres para disipar las tinieblas, para transformarlas en luz.

                   Sin embargo, cuando llegó la Luz, la humanidad se dividió entre quienes rechazaron la verdadera Luz y quienes la aceptaron. Quien la ha rechazado continúan viviendo en tinieblas y si no cambia, las tinieblas lo lleva a la muerte. Quien la acoge con fe, acoge la vida y se convierte en Hijo de Dios, entra en comunión con Dios. Tener fe significa entregar a Dios la existencia, ser sus hijos amados y vivir en la Luz.

                   También nosotros hoy, en este día en el que la Luz divina ha llegado entre nosotros en la persona del Hijo de Dios, nos enfrentamos a la misma elección. O acogemos este inmenso regalo que es el Hijo de Dios, la Luz del Padre que nos hace sus hijos, o rechazamos la Luz para vivir en las tinieblas; pero los que caminan en tinieblas no saben adónde van, no conocen el verdadero sentido de la vida.

                   Entonces… Feliz Navidad, con el deseo de volver a experimentar la cercanía de Dios y comprometernos a llevarlo a los demás en actos concretos de amor.

Fray  Maurizio Bridio (OFMConv).

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