Misioneros de Jesus como Maria

Nos queda poco tiempo para celebrar la Navidad. A partir del 16 diciembre, entramos en la segunda parte del Adviento que nos invita a contemplar el misterio del Dios que se hace humano, la Encarnación y la llamada a acoger al Verbo hecho hombre para la salvación de todos.

Durante los domingos anteriores hemos sido guiados por la figura de Juan el Bautista que nos invitaba a la conversión, a un reavivar nuestra vida con la fuerza refrescante de la Palabra de Dios. Es decir, invitarnos a pensar nuestra vida; a detenernos un momento, en medio de nuestra vida agitada, para ver cómo va nuestra relación con Dios y que cosa puedo hacer, en lo concreto de la vida, para redireccionar mi vida hacia Él. 

Una cosa que nos puede ayudar a ver nuestra relación con Dios es tomar conciencia de nuestra relación con conmigo mismo y con el otro, el prójimo, porque todo está relacionado. Como vivo la relación conmigo mismo y con el prójimo nos hablan de nuestra relación con Dios. Si estoy bien conmigo mismo, es decir, me acepto como soy: reconozco, acepto mis límites y fortalezas es probable que mi relación con Dios sea buena; pero si, no estoy bien conmigo mismo, no me acepto como soy, niego mis límites, etc. probablemente mi relación con Dios será un poco problemática. El mismo criterio se aplica en la relación con los demás. 

El Evangelio de hoy nos habla de la visita de la virgen Maria a su prima Isabel, después de ser visitada por el ángel, la visitación. El texto no nos dice motivo por el cual Maria visita a su prima Isabel, sin embargo, si podemos decir que la iniciativa es inmotivada, no hay una razón que la justifique, es un acto gratuito o como dicen ahora “Sin ánimo de lucro”, movido por la caridad. Esto nos da a conocer el actuar de Dios para con nosotros que es desinteresado, gratuito. Lo que hace por nosotros lo hace porque nos ama, porque sí, sin querer nada a cambio.

Maria, después de haber aceptado la voluntad de Dios, después de haber concebido dentro de sí Jesús, el Verbo de Dios, se pone en camino. Lo hace “de prisa” para decir que quien escucha la Palabra de Dios y sé deja cautivar por ella, no puede esperar a ponerla en práctica. Al experimentar la fuerza trasformadora de Dios, nos “empuja”, como María, a compartir, anunciar, lo que hemos vivido, nos impulsa a ser misioneros de Jesús.

Misioneros que testimonien a Jesús con pasión,cruel lo hagan presente donde vayan con las obras y si es necesario con las palabras. Palabras fáciles de pronunciar pero difícil de poner en práctica.

En lo que queda del Adviento pidamosle al Señor que, por intersecion de María, que nos de la pasión por el reino para que podamos ser buenos misionero de su hijo Jesús. 

¡¡Maria madre de los misioneros, ruega por nosotros!!

fray Augusto Urzoa (OFMConv)

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