“No se lo impidan…” (Mc 9,39)

Seguír a Jesús no es un camino tan fácil. Los discipulos habían dejado todo para seguírlo pero no de una manera gratúita como sería normal, sino escondiendo detrás de su disponibilidad deseos personales de grandeza, de poder, etc, egoismos que soñaban realizar siguiendo al Maestro, al que Pedro acaba de reconocer como Mesias. 

En el texto que leemos en este domingo, el 26 del tiempo ordinario, encontramos a Jesús en Cafarnaúm, en una casa, junto con sus discípulos que están alrededor de él. Les estaba enseñando que “El que quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9,35) y,  en la medida que uno aprende a renunciar a su egoismo y se abre a las necesitades de los demás realiza realmente su vida. Pero es un proceso bastante difícil para los apostoles y para cada cristiano de hoy.

El apostol Juan experimenta una cierta dosis de envidia, al encontrar personas buenas, que se permiten usar el nombre de Jesús para expulsar demonios; “se lo hemos proibido, porque no es de nuestro grupo” (Mc 9,38). Antes habían “discutido” en el camino sobre quién es el mas grande del grupo, ahora están defendiendo el privilegio de ser el grupo elegido, cerrado y exclusivista que no quiere compartir con nadie este honor de tener a Jesús. Es otra expresión del deseo del poder que guardaban adentro. Pero Jesús tiene paciencia con ellos, entiende su dificultad y sigue enseñandoles.

Sentado en medio de ellos como el verdadero Maestro, les da esta norma preciosa: “No se lo prohiban, porque nadie que haga un milagro en mi nombre puede luego hablar mal de mi. Pues el que no está contra nosotros está a favor nuestro” (Mc 9,39-40) Cada persona que hace el bien está haciendo la obra de Dios, todo aquél que libera, dignifica protege la vida del otro es un constructor del Reino de los cielos. El Espiritu de Dios está obrando libremente también en personas que no están directamente dentro la Iglesia, tal vez ni son bautizadas,etc. Los milagros de amor no pueden ser obstaculados, al contrario son un motivo alegría.

Dios valora la bondad y la buena intención de cada persona. Francisco de Asis, purificado en su camino de conversión, recibe la luz divina que lo ayuda a ver la belleza y la bondad de Dios en todo: en la naturaleza, en el universo y en cada hombre que encuentra, logra a ver un hermano/hermana. El entiende que todo el bien tiene origen en nuestro Creador: “Tú eres santo, Señor Dios único, que haces maravillas. Tú eres fuerte, tú eres grande, tú eres altísimo, tú eres rey omnipotente, tú, Padre santo, rey del cielo y de la tierra. Tú eres trino y uno, Señor Dios de dioses, tú eres el bien, todo el bien, el sumo bien, Señor Dios vivo y verdadero” (Alabanzas del Dios Altisimo).

Consiente que todo lo que es bueno en nosotros es obra de Dios, san Francisco nos invita a restituir de una manera creativa todo el bien recibido: «Devolvamos todos los bienes al Señor Dios altísimo y sumo, y reconozcamos que todos son de él, y démosle gracias por todos a él, de quien proceden. Y el mismo altísimo y sumo, solo Dios verdadero, tenga y a él se le tributen y él reciba todos los honores y reverencias, todas las alabanzas y bendiciones, todas las gracias y gloria, de quien es todo bien, solo el cual es bueno» (1 R 17,17-18).

Que nos ayude el Señor a descubrir el bién que existe en nosotros y saber valorar los gestos de amor que los demás pueden hacer. 

Paz y bien, fr Augustin (OFMConv)

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