El Adviento tiempo de gracia

Con este primer domingo del tiempo de Adviento iniciamos un nuevo año litúrgico, una ocasión de gracia que Dios nos ofrece en la Iglesia presentándonos sus misterios de salvación, para que seguimos en nuestro camino confiando siempre el Él.

Durante este año litúrgico iremos siguiendo la lectura del evangelio de Lucas, un evangelista seducido por la misericordia de Jesús antes los pobres y los pecadores, un evangelista que nos muestra la figura de María como la primera discípula obediente a la Palabra, y nos presenta a Jesús recorriendo su camino de entrega hacia Jerusalén.

El tiempo de Adviento nos sitúa frente al hecho de que la fe no es el recuerdo de un ilustre personaje de la historia, pero que ahora está ausente porque su tiempo ya pasó; sino que es la actitud esperanzada en Aquel que está presente y actuando en la historia y que viene para llevarla a su plenitud.

El texto del evangelio de este domingo es parte del así llamado “discurso escatológico” (Lc 21,5-36). Este discurso está presentado como respuesta de Jesús a una pregunta de los discípulos. Antes la belleza y grandeza del templo de la ciudad de Jerusalén, Jesús había dicho. “¡no quedará piedra sobre piedra! (21, 5-6). Los discípulos querían que Jesús les diese más informaciones sobre esta destrucción del templo y pedían: “¿Cuándo sucederá esto, Maestro, y cuáles serán los señales de que estas cosas están a punto de suceder?

La comunidad del tiempo de Lucas (año 85) a causa de la destrucción de Jerusalén (año 70), frente a los desastres, guerras y persecuciones de los cristianos pensaba que el fin del mundo estaba acerca, por esto la preocupación principal del discurso escatológico es el de ayudar a los discípulos a discernir los signos de los tiempos para no ser engañados por las conversaciones de la gente sobre el fin del mundo.

Los fenómenos cósmicos en el sol, la luna, las estrellas, el fragor del mar y de las olas que a primera vista suscitan angustias y terror en la gente, más allá de su apariencia negativa, son imágenes cósmicas que sugieren algo positivo, es decir el comienzo de la nueva creación que substituirá la antigua creación, son señales que introducen la manifestación del Hijo de Dios, el comienzo de nuevos tiempos.

Lo que nos dice el texto es que Jesucristo es el Señor y Vencedor de toda la historia, es el único absoluto y que permanece para siempre, mientras que aún lo que parece más estable en este mundo (el sol y las estrellas) no lo es. Sólo Jesucristo es Señor y su victoria está más allá de todo lo que ocurre en la historia.

El evangelista Lucas dice: “Cuando comience a suceder esto, tengan animo y levanten la cabeza, porque está por llegarle la liberación”. Esta afirmación indica que el objetivo del discurso no es el de causar miedo, sino sembrar esperanza y alegría en el pueblo que estaba sufriendo por causa de la persecución. Las palabras de Jesús ayudaban las comunidades a leer los hechos con una mirada de esperanza.

El texto luego termina con los consejos que Jesús da a la gente, de modo que siempre estén atentos: evitar lo que pueda turbar y endurecer el corazón (disipaciones, borracheras y afanes de la vida); orar siempre pidiendo fuerza para continuar, esperando en pie la venida del Hijo del Hombre. No se trata de una espera pasiva, lo propio es la vigilancia, la atención a los signos de los tiempos.

Con este anuncio del triunfo de Jesucristo, de su venida para la salvación de la historia, y con este llamado a la vigilancia, comenzamos nuestro Adviento.

La esperanza del cristiano no se funda en actitudes psicológicas de optimismo o de pesimismo frente a lo que ocurre en el mundo, sino que se funda en el triunfo de Jesucristo como plenitud del plan de amor de Dios para toda su creación.

fray Fabio Mazzini (OFMConv)

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