Asunción de la Virgen María

La fiesta de la Asunción de la Virgen María nos invita tener una mirada alta, a tener nuestros ojos levantados hacia Dios. María siempre nos acompaña a encontrar a Dios. “Que se cumpla en mi tu palabra” contesta María al ángel Gabriel que fue a visitarla.

María quiere que se cumpla la Palabra de Dios, todo lo que hace en su vida es por dar cumplimiento a la Palabra de Dios, ella es la llena de gracia porque la gracia pueda llenar la vida de cada hombre. 

La primera cosa que María hace es ponerse en camino, se apresura para ir a visitar a su prima Isabel. María llena de la gracia de Dios va a visitar a Isabel porque también ella está embarazada y necesita su ayuda. 

La gracia de Dios pone en movimiento a María para ir a servir a su prima Isabel, porque la gracia llena nuestra vida de caridad y amor. La iglesia nos habla de la Asunción de la Virgen María a través del encuentro entre dos mujeres.

“María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel.” 

Cuando María entra en la casa de Isabel se llena de Espíritu Santo y saluda a María diciendo “Bendita tu entre la mujeres y bendito el fruto de ti vientre”. María es bendecida porque lleva en su vientre la gracia de Dios, el fruto del amor de Dios. 

María contesta al saludo de Isabel con un canto de alabanza “Mi alma canta la grandeza del Señor, mi espíritu se estremece de gozo en Dios mi salvador”

María está llena de gozo y alegría porque lleva consigo el gozo y la alegría de ser hija de Dios. También nosotros como cristianos tenemos que llevar en el mundo el gozo y la alegría de ser hijos de Dios, el gozo y la alegría de haber recibido la gracia de Dios.

La fiesta de la Asunción de la Virgen María nos recuerda que nuestra Madre nos ayuda a encontrar a Dios, María nos acompaña a subir hacia a Dios, María como una madre nos protege y educa. 

Francisco de Asís tenía una gran devoción por nuestra Madre, el miraba a María como ejemplo por todos los frailes y escribió por ella esa preciosa oración: 

“Salve, Señora, santa Reina, santa Madre de Dios, María, que eres virgen hecha iglesia y elegida por el santísimo Padre del cielo, a la cual consagró 

Él con su santísimo amado Hijo y el Espíritu Santo Paráclito, en la cual estuvo y está toda la plenitud de la gracia y todo bien. 

Salve, palacio suyo; salve, tabernáculo suyo; salve, casa suya. Salve, vestidura suya; salve, esclava suya; salve, Madre suya y todas vosotras, santas virtudes, que sois infundidas por la gracia e iluminación del Espíritu Santo en los corazones de los fieles, para que de infieles hagáis fieles a Dios.”

(san Francisco de Asís)

p. Matteo Martinelli (OFMConv)

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