Tener ambre de Dios

También en este domingo, en el Evangelio de Juan, continúa el discurso sobre el pan de vida, una gran catequesis de Jesús, un hermoso discurso aunque, tal vez, difícil de aceptar. El domingo pasado escuchamos el inicio de este discurso donde Jesús compara el don del “maná” con su persona, diciendo que Él es el pan que viene del cielo. Les habla del pan que da la verdadera Vida. Es una promesa real para los que creen en Él y le aceptan como enviado de Dios. 

Pero Jesús tiene poco éxito con los que lo escuchan. Ellos murmuran contra él: “¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos?”. Se comprende la incredulidad y el escándalo que produce esta enseñanza de Jesús en sus oyentes. ¿Cómo puede decir ahora: “Yo soy el Pan vivo bajado del cielo?”.

En la falta de fe de aquellos que siguen a Jesús se manifiesta toda la dificultad de creer en Aquel que se proclama Hijo de Dios, que dice ser capaz de quitar el hambre y sed de la persona o sea de hacerla feliz.

¿Cómo no ver en todo esto nuestra propia dificultad y resistencia a poner nuestra vida en las manos del Señor? De Aquel que dice “el que come de este Pan vivirá para siempre”.

Pero el Señor nos recuerda que la capacidad de acogerlo no es fruto de nuestro esfuerzo sino un don de Dios: “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió”. Un don que recibe quien se pone en un auténtico camino de disponibilidad.

¡Lo decisivo es tener hambre! Jesús busca abrir el corazón de la persona a esa hambre de vida, de felicidad, de amor, de bienestar que todo ser humano anhela. Toda persona busca estar bien, ser feliz, amar y ser amado, vivir en paz.  Ese es el apetito humano más profundo. Todo eso es lo que representa la persona de Jesús. Ese hambre de infinito que nadie lo puede saciar sino sólo Dios. Jesús se presenta a sí mismo como el alimento capaz de cubrir esa necesidad de todo hombre.

El signo sacramental por antonomasia de este alimento y comida es, sin duda,  la Eucaristía. “Tomen y coman…, tomen y beban”. Ese momento apasionante en el que Jesucristo se entrega por entero y nos sacia de su propia vida. La celebración Eucarística es la cumbre de la espiritualidad, es el centro de la vida de la Iglesia.

Durante esta pandemia la “falta” se sintió, para algunos católicos, cuando el Covid-19 puso en pausa el curso de la vida cotidiana. Falta de espacio, falta de encuentros, falta de movilidad, etc. ¡Quizás, pero también falta de Eucaristía! Todos hemos escuchado este comentario: «Veo la Misa en la tele, pero no es lo mismo. Echo muchísimo de menos la comunión». En cualquier caso, el período de “ayuno eucarístico” de este tiempo ha servido para que nos preguntemos sobre lo que significa celebrar la Eucaristía y si, de verdad, ella es el encuentro con el Señor de nuestra vida.

Para San Francisco de Asís, como para muchos cristianos, la Eucaristía es el centro de su vida espiritual. De san Francisco de Asís su biógrafo, Tomás de Celano, escribe: «Ardía en fervor, que le penetraba hasta la médula, para con el sacramento del cuerpo del Señor, admirando locamente su cara condescendencia y su condescendiente caridad. Juzgaba notable desprecio no oír cada día, al menos, una misa, pudiendo oírla. Comulgaba con frecuencia y con devoción tal, como para infundirla también en los demás. Como tenía en gran reverencia lo que es digno de toda reverencia, ofrecía el sacrificio de todos los miembros, y al recibir al Cordero inmolado inmolaba también el alma en el fuego que le ardía de continuo en el altar del corazón» (2 Cel 201).

Fray  Maurizio Bridio (OFMConv.)

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