Los pequeños gestos marcan la diferencia…

Queridos hermanos y hermanas, reciban todos un saludo de paz y bien.                     

La palabra del Señor nos comenta en este día sobre la llegada de los discípulos luego de haber realizado la misión a la que Jesús los había enviado (recordemos el Evangelio del domingo pasado).

Los discípulos han regresado a compartir con Jesús lo vivido en la misión. Podemos ver en este encuentro que los misioneros están contentos pero cansados. Y Jesús lleno de comprensión quiere darles un poco de alivio, sabe de sus necesidades y se hace participe de ella, este lado tan humano del maestro hace que los lleve a un lugar aparte, en donde puedan descansar.

En la intimidad con Él, puede descansar el discípulo, puede confrontar lo realizado y, puede encontrar nuevas fuerzas para seguir el camino. Este retorno para estar a solas con el Señor es un aspecto de gran importancia para la vida del creyente, para fortalecer su entrega generosa. A este punto el evangelista nos ofrece una imagen de Jesús donde sus ojos y su corazón recogen los sentimientos de sus hermanos.

Dice así el evangelista: “Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato”.

En la persona de Jesús podemos observar tres cualidades que pone en práctica frente a la necesidad de sus hermanos: ver, tener compasión, enseñar.

Estos “gestos” del maestro, configuran a Jesús como el Buen Pastor.

También su compasión no es solo un sentimiento humano, es la conmoción del Mesías en la que se hizo carne la ternura de Dios. Y de esta compasión nace el deseo de Jesús de nutrir a la multitud con el pan de su palabra.

O sea, enseñar la palabra de Dios a la gente. Jesús ve; Jesús tiene compasión; Jesús enseña. ¡Que bello es esto!, nos dice el papa Francisco. En el modo de obrar del Maestro se encarna el amor de Dios por su pueblo.

Son estas cosas las que reflejan la cercanía de Jesús con la gente, su disponibilidad al encuentro del hermano.

En estos tiempos donde estamos experimentando un sinfín de sentimientos frente a todo lo que está sucediendo en el mundo, hay un grupo en la población -que no deja de ser significativo- que clama nuestra ayuda y cercanía.

Muchos quedan atrás, “olvidados”, mientras nosotros avanzamos. La invitación que nos dejan las palabras de Jesús es a preguntarnos ¿Qué tanto me entrego por los demás? ¿Qué tanto se sufrir las necesidades de mi hermano, hacerlas propias para lograr ayudarle?

Ver a Jesús hermanos, es seguirlo en su radicalidad, es encarnarlo; es comenzar a tener su mirada: es ver lo mismo que él vió: Los que sólo ven los que miran hacia abajo, los que miran como miró Jesús, los que, como Jesús, miran desde la cruz.

Recién entonces podremos escuchar, también nosotros, la palabra de Dios, escuchando el silencio al que están reducidos los abandonados de esta tierra, el silencio de los necesitados que es la palabra, por la cual nos habla Dios.

Hermanos, así como los discípulos fueron enviados, así también Jesús nos pide a nosotros salir al encuentro de nuestro prójimo que nos necesita, de aquel que simplemente quiere ser escuchado, comprendido para luego ofrecerle una palabra de aliento.

Aquellos que hemos misionado sabemos que en estas experiencias suceden cosas que muchas veces no sabemos como explicar. Todos llegamos a la conclusión de que en lugar de misionar fuimos misionados por quienes visitamos.                  

Es increíble como en el “arte de escuchar” logramos entrar en vida de nuestra gente, saber aquello que necesitan, conocerlos más y contemplar su vivencia de la fe. Sin embargo, saber escuchar no es algo fácil, todos pensamos que es importante, pero, ¿cuántos de nosotros lo hacemos bien?. Saber escuchar implica ponerse en los zapatos de quien me entrega su vida, es saber respetar su historia y su modo de ver las cosas. 

Como antes he mencionado: “Los pequeños gestos son los que marcan la diferencia”. De Jesús tenemos mucho que admirar y aprender, sobre todo a mirar a los demás con compasión, que siempre la misión sea primero en nuestras vidas, que no nos gane nuestro egoísmo, deseos personales y que siempre podamos anteponer el amor de Dios por instaurar el reino a todas las cosas.

Aprovechemos estas instancias que están sucediendo en el mundo entero, para desde una mirada positiva y de fe, podamos acercarnos a los demás con humildad, siempre desde Dios y para los demás.

San Francisco les decía a sus hermanos: “Prediquen siempre el Evangelio y, de ser necesario, usen las palabras”. Que sean nuestros pequeños gestos, nuestras obras de cada día las que marquen la vida del hermano que nos necesita. Recordemos: ver y sentir van de la mano.

El viernes pasado celebrábamos a nuestra Madre y Reina, la Virgen del Carmen, pidámosle a ella que interceda por nosotros ante el Padre para que renueve nuestras fuerzas y nos haga fieles a su misión. 

¡Que el Señor les bendiga, buena semana!.

Fr. Benjamín Castro, OFMConv.

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