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Cómo reconocer las señales, los indicios de una vocación
La vocación se manifiesta a través de rastros y señales que remiten a la historia individual de cada uno.
Se radica en nuestra experiencia
El Señor, de hecho, prefiere valerse, más que de gestos espectaculares, de muchas pequeñas mediaciones que se entrelazan con nuestra vida (personas, experiencias, lecturas…), así como prefiere sugerir sus llamados y enviar sus «señales luminosas» precisamente en nuestras situaciones de oscuridad, desorientación e insatisfacción, preparando así nuestro corazón para ponerse en actitud de búsqueda, apertura y disponibilidad.
Características de la llamada
Por esto, la llamada es siempre algo extremadamente personal e íntimo que solo en el silencio y la escucha puede ser intuido y descubierto. Sigue siendo un evento cargado de misterio, en su mayoría inexplicable solo con la razón. La gratuidad la caracteriza radicalmente: el Señor llama e invita a un amor especial con Él, a quien quiere, como quiere y cuando quiere. ¡Nadie, por tanto, puede pretenderla ni ganarla, pero tampoco imponerla (ni siquiera Dios!). Es un don que puede ser acogido y así florecer y dar muchos frutos; pero solo en la libertad de una respuesta gozosa, de un Sí agradecido y lleno de gratitud. Por tanto, tiene que ver con la Fe, sin la cual no tiene sentido siquiera hablar de vocación.

La experiencia de los santos
San Juan Pablo II, en respuesta a una pregunta sobre su propia vocación, respondió:
«Debo comenzar diciendo que me es imposible explicarla completamente. Aún sigue siendo un misterio incluso para mí. ¿Cómo pueden explicarse los caminos del Señor? Lo que puedo decir con seguridad es que, en un cierto punto de mi vida, mientras era estudiante en la universidad, intuí que Cristo me estaba diciendo lo que había dicho a miles de jóvenes antes que yo: «¡Ven y sígueme!». Sentí muy claramente que la voz que percibía en mi corazón no era ni humana, ni una construcción personal mía. Cristo me estaba llamando para servirle como sacerdote».
Si revisamos otras experiencias vocacionales de santos, por ejemplo San Francisco, se evidencia cómo el Señor usualmente hace conocer su voluntad con sencillez, a través de cosas ordinarias, en la vida cotidiana.
El Señor llama
Él, de manera amorosa, delicada y al mismo tiempo fuerte, seductora pero siempre respetuosa, se presenta a nuestro corazón y dice:
«Mira, estoy a la puerta y llamo.
Si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré, cenaré con él y él conmigo»
(Ap 3,20).
Así, espera que aceptemos libremente su propuesta, que decidamos dar el paso, que confiemos completamente en Él: Él quiere para nosotros una vida plena y hermosa, realizada, “eterna”.
Nos toca a nosotros abrir la puerta
Querido amigo que lees estas líneas… Si quizás también tú has oído al Señor llamar a la puerta de tu corazón…
No dudes: vale la pena decirle que Sí. Vale la pena poner toda tu vida en sus manos. Vale la pena dejar y revaluar cosas, afectos y proyectos, para seguirlo, para llevar a tantas personas, a tantas vidas dispersas y a historias heridas, pero sedientas de Él, la luz y la belleza de Su amor.
¡No te dejes desviar de Su invitación! No huyas, no tengas miedo, ¡pero ten Fe!
“Si hoy escuchas su voz, no endurezcas tu corazón” (Salmo 94).
A nuestro Señor Jesús siempre nuestra alabanza.
fray Alberto
(Articulo libremente extraído del blog Vocación Franciscana)





