San Antonio de Padua

La Palabra de Dios nos ayuda a reflexionar sobre el significado del “Reino de Dios”, una afirmación con la que estamos familiarizados, pero que abarca una magnitud de aspectos que hasta se pueden volver contradictorios. ¿El Reino de Dios se puede encontrar en este mundo o sólo alcanzar en el más allá? ¿Es una realidad que tenemos que construir o que estamos llamados a recibir como un don, ya que no es nuestro? ¿Está dentro de nosotros o nosotros estamos en él? Y así podríamos seguir con más preguntas.

El santo del día, San Antonio de Padua, contemporáneo y fiel seguidor de San Francisco, nos recuerda lo esencial: “El Reino de Dios es el bien supremo: por eso lo tenemos que buscar. Hay que buscarlo con fe, con esperanza y con caridad. La justicia de este Reino consiste en poner en práctica todo lo que Jesús nos ha enseñado. Buscar el Reino de Dios significa practicar esta justicia con nuestras obras. Busquen entonces primero el Reino de Dios, o sea denle prioridad por encima de todas las demás cosas: todo háganlo buscando el Reino, nada busquen que no sea el Reino, orienten hacia el Reino todo lo que están buscando”.

¿Dónde, cómo y qué buscar? Si ya lo supiéramos, ¡no lo estaríamos buscando! Jesús en el Evangelio de este domingo nos dice que el Reino es tan pequeño que puede parecer hasta insignificante; que está escondido bajo tierra y no lo vemos, sólo sabemos que está; que el Reino brota como un tallo, pero tampoco sabemos cuántos granos o frutos se podrán recoger de aquello; que hay momentos en los cuales veremos cómo el Reino se extiende en toda su grandeza y con todos sus frutos. Necesita de parte nuestra que reguemos y cuidemos, a veces lo que vemos, otras lo que sabemos que está presente aún sin verlo. Pero no depende principalmente de nosotros que crezca, ya que el Reino es poderoso en sí, lleno de vida, fecundo y productivo, con un potencial enorme simplemente por ser “Reino de Dios”.

Para finalizar, los padres de la Iglesia consideran que los muchos pájaros del cielo que encuentran cobijo, sombra y paz en las ramas del Reino pueden ser todos nuestros pensamientos, sentimientos y emociones: por lo general nos cuesta ponerles freno y darles tranquilidad, tanto que los tenemos que tratar uno a la vez. Pero la fuerza del amor de Dios es tan poderosa que en el árbol de su Reino pueden encontrar tranquilidad aún estando todos juntos.

“Hermanos queridos, supliquemos entonces al Señor Jesucristo, que nos conceda buscar su Reino y construir en nosotros una Jerusalén de santidad, para alcanzar un día aquella Jerusalén celestial y ser considerados dignos de cantar nuestro aleluya por sus calles, juntos a los ángeles. Nos lo conceda Él mismo, cuyo Reino permanece para siempre. Y toda alma virtuosa conteste: ¡Amén. Aleluya!” (las dos citas son de los Sermones de San Antonio de Padua).

¿Dónde, cómo y qué buscar? Si ya lo supiéramos, ¡no lo estaríamos buscando! Jesús en el Evangelio de este domingo nos dice que el Reino es tan pequeño que puede parecer hasta insignificante; que está escondido bajo tierra y no lo vemos, sólo sabemos que está; que el Reino brota como un tallo, pero tampoco sabemos cuántos granos o frutos se podrán recoger de aquello; que hay momentos en los cuales veremos cómo el Reino se extiende en toda su grandeza y con todos sus frutos. Necesita de parte nuestra que reguemos y cuidemos, a veces lo que vemos, otras lo que sabemos que está presente aún sin verlo. Pero no depende principalmente de nosotros que crezca, ya que el Reino es poderoso en sí, lleno de vida, fecundo y productivo, con un potencial enorme simplemente por ser “Reino de Dios”.

Para finalizar, los padres de la Iglesia consideran que los muchos pájaros del cielo que encuentran cobijo, sombra y paz en las ramas del Reino pueden ser todos nuestros pensamientos, sentimientos y emociones: por lo general nos cuesta ponerles freno y darles tranquilidad, tanto que los tenemos que tratar uno a la vez. Pero la fuerza del amor de Dios es tan poderosa que en el árbol de su Reino pueden encontrar tranquilidad aún estando todos juntos.

“Hermanos queridos, supliquemos entonces al Señor Jesucristo, que nos conceda buscar su Reino y construir en nosotros una Jerusalén de santidad, para alcanzar un día aquella Jerusalén celestial y ser considerados dignos de cantar nuestro aleluya por sus calles, juntos a los ángeles. Nos lo conceda Él mismo, cuyo Reino permanece para siempre. Y toda alma virtuosa conteste: ¡Amén. Aleluya!” (las dos citas son de los Sermones de San Antonio de Padua).

fray Christian Borghesi (OFMCOnv)

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